Sandra Benítes tiene 16 años. Es mbyá guaraní y vive en la comunidad Fortín Mbororé en Puerto Iguazú, Misiones. Sandra dice que es muy tímida y que lo que más le costó en la escuela fue aprender a hablar en español.
“Mi primera maestra en la comunidad se llamaba Petrona González, con ella aprendí a leer y escribir en español”, cuenta. La escuela Intercultural Las Leñas está ubicada en el centro de Fortín Mbororé.
Es una escuela bilingüe, donde los chicos y las chicas de la comunidad cursan la primaria, con maestros y auxiliares docentes que hablan las dos lenguas y los ayudan a integrarse en las aulas.
“Petrona tenía mucha paciencia para enseñarme –recuerda Sandra–. Yo soy muy tímida, me cuesta hablar, decir lo que pienso, y ella me enseñó a no tener miedo, a hablar y escribir el castellano”.
Sandra cursaba el tercer grado cuando su papá consiguió un trabajo en el pueblo y la familia se mudó al barrio Tamandurá, “un barrio de blancos”, donde los maestros no hablaban mbyá guaraní. Ese año fue el más difícil, pero sus primeros grados en la escuela de Fortín Mbororé, donde sus maestros bilingües le enseñaron el español, sirvieron de base para continuar sus estudios con éxito en una escuela de criollos.
“Mi papá siempre me dijo que estudiar es el futuro, más ahora que no hay monte, no hay animales para cazar –afirma Sandra–. Estudiando podés lograr muchas cosas: defenderte, tener un trabajo, tener un salario digno”. Eso mismo quiere decirles a los chicos de su comunidad, cuando termine el secundario y se reciba de profesora. “Quiero enseñarles y decirles que terminar el colegio vale la pena”. |
Ricardo Vargas se levanta todos los días a las seis de la mañana para llegar al colegio a las nueve. Son tres horas de caminata de ida y tres de vuelta. En invierno, cuando el caudal del Río Grande no es tan alto, lo cruza a través de troncos que los humahuacas colocan entre una orilla y otra.
Los humahuacas son los pobladores originarios del Bajo Rodero, un paraje jujeño donde viven unas pocas familias que siembran lo que comen y cuidan un rebaño chico de ovejas.
Ricardo (Ricardito, como lo llama la maestra) vive con un tío que es pastor, y con una abuela que venera a la Pachamama y le agradece con ofrendas de maíz que su nieto tenga tan buenas notas en el colegio.
Diduvina Tapia es la directora y la única maestra de la Escuela 26 Enrique Salazar Comorena, donde estudian 17 niños humahuacas como Ricardo. En la escuela se habla español, porque el idioma original de la comunidad se perdió hace tiempo y ni siquiera los abuelos lo recuerdan.
“La lengua se perdió, pero la tradición y las costumbres familiares persisten y hay que cuidarlas, hay que respetarlas. Yo valoro mucho los saberes que los chicos traen desde sus casas y trato de incorporarlos a lo que vemos en clase para que no se sientan extraños en su propia escuela”, explica Diduvina.
A Ricardito le apasionan la geografía y las ciencias naturales. Y le gusta mucho dibujar. En el colegio escasean las acuarelas y los pinceles están bastante pelados, pero los humahuacas son grandes artistas y los chicos pintan guardas y ríos y montañas y se las ingenian para que los colores alcancen para todos.
Lo que más le cuesta son las letras. La cultura de los humahuacas es de transmisión oral –como la mayoría de las culturas indígenas– y la escritura es una técnica difícil de asimilar. “Pero se esfuerza –apunta la maestra–. Y escucha mucho la radio. Dice que en la radio saben muchas cosas”. En la comunidad no hay televisores; la gente se informa a través de la radio y del boca en boca local.
Diduvina asegura que la mayoría de los chicos de la Escuela 26 quiere ser maestro, pero Ricardito no. Él quiere saber muchas cosas, dice, “como la gente que habla en la radio”, y contárselas a otros nenes que caminan 6 horas diarias para estudiar. |